El amor incondicional transforma la dinámica de toda relación.
Por Gary Chapman.
El mandato de Dios de amar a otros como a ti mismo (ver Levítico 19:34) no significa amarlos de la manera que tú quieres que te amen. En el ámbito de la convivencia cotidiana, el lenguaje de amor que mejor funciona para ti no funciona para todos. Necesitas conocer no solo el lenguaje de amor más eficaz de una persona, sino también el menos eficaz.
De hecho, si el lenguaje de amor menos importante de una persona son las palabras de afirmación, no importa cuántos elogios le hagas, estos no lograrán su cometido. La persona no se sentirá animada o apreciada con cumplidos, notas de agradecimiento o reconocimiento frente a otros. Por este motivo, entender y aceptar las diferencias de las personas en su manera de sentirse apreciadas y animadas es decisivo para tu relación con otras personas. Si no entiendes plenamente e implementas esta realidad, perderás mucho tiempo y energía tratando de animarlos de una manera que tiene poco o ningún efecto en ellos.
Como resultado, puede que comiences a resentirte con aquellos que tienen lenguajes de amor diferentes. Es muy probable que empieces a sentir que ellos son desagradecidos, negativos y no valoran lo que estás tratando de hacer por ellos. Por lo tanto, conocer tu lenguaje de amor menos valorado, y también el de tu cónyuge, es un paso importante para llegar a ser un buen comunicador de amor y aprecio.
Pide a Dios que te dé la sabiduría de reconocer los lenguajes de amor más o menos eficaces de las personas que conoces.
Así mismo, el amor no siempre es manso y humilde. A veces es firme y fuerte, pero no por eso es menos amor. Al examinar la respuesta de Jesús a los cambistas que estaban en el templo, se observa que ellos habían convertido la oración en un lucro, y Jesús no se quedó sentado sin hacer nada. Cuando ciertos hombres transformaron la religión en fraude, Él les exigió que se fueran del lugar, y empleó palabras fuertes: «Mi templo será llamado casa de oración para todas las naciones, pero ustedes lo han convertido en una cueva de ladrones» (Marcos 11:17).
Indignado, el gran Maestro echó a los mercaderes y los compradores y volcó sus mesas y sillas. ¿Actuó con dureza? Sí. ¿Con amor? ¡Sí! Jesús amaba demasiado para no hacer nada frente a la corrupción. Él actuó decisivamente y, como resultado, los infractores tuvieron que dejar el templo.
Esta misma firmeza debe reflejarse en el matrimonio, pues algunas cosas no son aceptables. Cuando el maltrato físico, la infidelidad sexual, el abuso sexual de niños, el alcoholismo o la adicción a las drogas persisten en un matrimonio, es hora de actuar con amor. De hecho, aceptar semejante comportamiento como forma de vida no es amar. El amor siempre se preocupa por el bienestar de la otra persona. El que acepta la conducta pecaminosa y se cruza de brazos no muestra amor. Dicha conducta destruye al individuo y al matrimonio. El amor debe confrontar. Esto es amor firme y amor verdadero.
Por otra parte, el mandato que Jesús dio a sus discípulos en Juan 13:3 es «ámense unos a otros» ¿Era eso pedir demasiado? Sí lo era para nosotros, los miembros imperfectos de la raza humana. El tipo de amor al que Jesús nos llama está más allá de nuestras capacidades humanas. Nuestra inclinación hacia los celos, la mezquindad, la envidia y la venganza nos impide abrir completamente el corazón a otros y poner su bienestar por encima del nuestro.
Jesús conocía nuestras limitaciones y debilidades, incluso mientras mostraba su amor por nosotros muriendo por nosotros y resucitando de entre los muertos a fin de asegurar que aquellos que creen en Él vivan para siempre. Del mismo modo, nuestra fe en Él asegura más que la vida eterna. También asegura la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. Y el Espíritu Santo nos trae la capacidad de amar a los demás como Jesús nos manda.
Ciertamente, no podemos amar a los demás con nuestras propias fuerzas, pero podemos amarlos a través del poder sobrenatural del Espíritu. El Espíritu Santo obra en nosotros para ayudarnos a superar nuestras actitudes negativas y nuestra mentalidad egocéntrica. Nos ayuda a experimentar el amor de Jesús de una manera que cambia la vida para que podamos compartir ese amor con los demás.
En este sentido, el ingrediente clave para una familia saludable es la actitud de servicio. Las Escrituras son claras al respecto: «Hay más bendición en dar que en recibir» (Hechos 20:35). Además, Marcos 10:45 nos conduce al punto central: Jesús no vino para ser servido, sino para servir. Llamarte cristiano es declararte como seguidor o seguidora de Cristo y de su ejemplo.
Si cada esposo y esposa siguieran el ejemplo de Jesús, no les llevaría mucho tiempo a los hijos captar la idea de que la vida se trata de servir a otros. Papá sirve a mamá. Mamá sirve a papá. Juntos sirven a los hijos y, a medida que los hijos crecen, aprenden a servir a sus padres y a servirse uno al otro. Entonces, como familia, aprenden a servir a las personas ajenas a la familia.
El problema es que, por naturaleza, somos egocéntricos. En la familia, esperamos que otros nos sirvan. Cuando no lo hacen, nos quejamos y la vida se derrumba. Si tu familia está plagada de esta actitud, trata de introducir un elemento de servicio en la rutina diaria. Puede que te lleve tiempo implantarlo; pero cuando lo hagas, verás un cambio marcado en la dinámica de tu familia.
De hecho, si el lenguaje de amor menos importante de una persona son las palabras de afirmación, no importa cuántos elogios le hagas, estos no lograrán su cometido. La persona no se sentirá animada o apreciada con cumplidos, notas de agradecimiento o reconocimiento frente a otros. Por este motivo, entender y aceptar las diferencias de las personas en su manera de sentirse apreciadas y animadas es decisivo para tu relación con otras personas. Si no entiendes plenamente e implementas esta realidad, perderás mucho tiempo y energía tratando de animarlos de una manera que tiene poco o ningún efecto en ellos.
Como resultado, puede que comiences a resentirte con aquellos que tienen lenguajes de amor diferentes. Es muy probable que empieces a sentir que ellos son desagradecidos, negativos y no valoran lo que estás tratando de hacer por ellos. Por lo tanto, conocer tu lenguaje de amor menos valorado, y también el de tu cónyuge, es un paso importante para llegar a ser un buen comunicador de amor y aprecio.
Pide a Dios que te dé la sabiduría de reconocer los lenguajes de amor más o menos eficaces de las personas que conoces.
Así mismo, el amor no siempre es manso y humilde. A veces es firme y fuerte, pero no por eso es menos amor. Al examinar la respuesta de Jesús a los cambistas que estaban en el templo, se observa que ellos habían convertido la oración en un lucro, y Jesús no se quedó sentado sin hacer nada. Cuando ciertos hombres transformaron la religión en fraude, Él les exigió que se fueran del lugar, y empleó palabras fuertes: «Mi templo será llamado casa de oración para todas las naciones, pero ustedes lo han convertido en una cueva de ladrones» (Marcos 11:17).
Indignado, el gran Maestro echó a los mercaderes y los compradores y volcó sus mesas y sillas. ¿Actuó con dureza? Sí. ¿Con amor? ¡Sí! Jesús amaba demasiado para no hacer nada frente a la corrupción. Él actuó decisivamente y, como resultado, los infractores tuvieron que dejar el templo.
Esta misma firmeza debe reflejarse en el matrimonio, pues algunas cosas no son aceptables. Cuando el maltrato físico, la infidelidad sexual, el abuso sexual de niños, el alcoholismo o la adicción a las drogas persisten en un matrimonio, es hora de actuar con amor. De hecho, aceptar semejante comportamiento como forma de vida no es amar. El amor siempre se preocupa por el bienestar de la otra persona. El que acepta la conducta pecaminosa y se cruza de brazos no muestra amor. Dicha conducta destruye al individuo y al matrimonio. El amor debe confrontar. Esto es amor firme y amor verdadero.
Por otra parte, el mandato que Jesús dio a sus discípulos en Juan 13:3 es «ámense unos a otros» ¿Era eso pedir demasiado? Sí lo era para nosotros, los miembros imperfectos de la raza humana. El tipo de amor al que Jesús nos llama está más allá de nuestras capacidades humanas. Nuestra inclinación hacia los celos, la mezquindad, la envidia y la venganza nos impide abrir completamente el corazón a otros y poner su bienestar por encima del nuestro.
Jesús conocía nuestras limitaciones y debilidades, incluso mientras mostraba su amor por nosotros muriendo por nosotros y resucitando de entre los muertos a fin de asegurar que aquellos que creen en Él vivan para siempre. Del mismo modo, nuestra fe en Él asegura más que la vida eterna. También asegura la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. Y el Espíritu Santo nos trae la capacidad de amar a los demás como Jesús nos manda.
Ciertamente, no podemos amar a los demás con nuestras propias fuerzas, pero podemos amarlos a través del poder sobrenatural del Espíritu. El Espíritu Santo obra en nosotros para ayudarnos a superar nuestras actitudes negativas y nuestra mentalidad egocéntrica. Nos ayuda a experimentar el amor de Jesús de una manera que cambia la vida para que podamos compartir ese amor con los demás.
En este sentido, el ingrediente clave para una familia saludable es la actitud de servicio. Las Escrituras son claras al respecto: «Hay más bendición en dar que en recibir» (Hechos 20:35). Además, Marcos 10:45 nos conduce al punto central: Jesús no vino para ser servido, sino para servir. Llamarte cristiano es declararte como seguidor o seguidora de Cristo y de su ejemplo.
Si cada esposo y esposa siguieran el ejemplo de Jesús, no les llevaría mucho tiempo a los hijos captar la idea de que la vida se trata de servir a otros. Papá sirve a mamá. Mamá sirve a papá. Juntos sirven a los hijos y, a medida que los hijos crecen, aprenden a servir a sus padres y a servirse uno al otro. Entonces, como familia, aprenden a servir a las personas ajenas a la familia.
El problema es que, por naturaleza, somos egocéntricos. En la familia, esperamos que otros nos sirvan. Cuando no lo hacen, nos quejamos y la vida se derrumba. Si tu familia está plagada de esta actitud, trata de introducir un elemento de servicio en la rutina diaria. Puede que te lleve tiempo implantarlo; pero cuando lo hagas, verás un cambio marcado en la dinámica de tu familia.
Para alcanzar esta plenitud, es necesario ejercer un amor incondicional. Esto significa amar a tu esposa y buscar el mayor beneficio de ella, independientemente de cómo ella responda. Esto es totalmente contracultural. Las ideas contemporáneas del amor son del estilo de «te amaré si me amas». Tendemos a ser egocéntricos incluso en el matrimonio. El enfoque de nuestro esfuerzo es conseguir que se suplan nuestras propias necesidades. De hecho, gran parte de la psicología moderna ha enfatizado esto como una conducta normal. Algunos han llegado a decir que nuestra conducta hacia otros está motivada por el interés personal.
El amor incondicional, por el contrario, se centra en las necesidades de la otra persona. En el matrimonio, es el esposo el que busca el mayor beneficio de la esposa. Él la apoya en sus esfuerzos aunque no esté totalmente entusiasmado sobre ellos. La ayuda a alcanzar sus metas y aspiraciones porque la valora como persona. A todos nos gustaría pensar que alguien nos ama incondicionalmente. El hijo anhela esta clase de amor de sus padres, pero los cónyuges también desean amor incondicional el uno del otro. El voto matrimonial fue amar «en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte nos separe». Este es un compromiso de amor incondicional. En un buen matrimonio, lo experimentaremos de verdad.
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El texto previo es un extracto y adaptación de uno de los 260 devocionales diarios y 52 estudios bíblicos semanales, que son parte del contenido de la Biblia devocional Los Lenguajes del amor, de Gary Chapman, editor general. Para obtener más información y descargar páginas de muestra, pulsa aquí.
