Buenas noticias para la humanidad.
Por Paul N. Benware
El Nuevo Testamento registra el establecimiento del nuevo pacto, la manera de Dios para salvar a la perdida y pecaminosa raza humana. Dios prometió en el Antiguo Testamento (Jer. 31:31-34) establecer este pacto con Israel por medio del Mesías, centrándose en la vida espiritual y la redención de Israel. Sin embargo, a medida que se desarrolló el Nuevo Testamento, se hizo claro que el nuevo pacto abarcaría a toda la humanidad (Gn. 12:3; Lc. 22:20; He. 8:6-13).
El nuevo pacto fue la provisión de salvación para un pueblo que no podía salvarse a sí mismo.
Inaugurado por Jesucristo, el Mesías de Israel, con su muerte sacrificial en la cruz, el nuevo pacto es el gran tema unificador del Nuevo Testamento. El término nuevo testamento significa en realidad «nuevo pacto». Los evangelios registran la vida, enseñanzas autoritativas y milagros de Jesucristo, cuya muerte sacrificial en la cruz instituyó el nuevo pacto de Dios, haciendo posible que las personas quedasen libres de su pecado y que viviesen en una correcta relación con Dios. Posteriormente, en Hechos, sus seguidores recibieron la misión de proclamar el nuevo pacto por todo el mundo, anunciando a judíos y gentiles que podían ser redimidos y reconciliados con Dios a causa de la muerte sustitutiva de Cristo en la cruz.
Así mismo, las epístolas registran la verdad doctrinal del nuevo pacto, dando toda la información para vivir como gentes «del nuevo pacto» en esta era de la Iglesia, libre del «antiguo pacto» de Moisés. Sus cartas contienen los mandamientos, principios y normas que deben gobernar la vida de quienes entraron en esta relación del nuevo pacto con Dios. Por último, Apocalipsis concluye con la definitiva y gloriosa aplicación del nuevo pacto, asegurando que Dios es soberano y que cumplirá de manera plena sus promesas a los israelitas y a los gentiles creyentes.
El nuevo pacto es una extensión del gran pacto abrahámico, definiendo adicionalmente sus estipulaciones (Gn. 12:1-3; 13:14-17; 15:1-21; 17:1-22; 22:15-18). Tras la caída del hombre y la entrada del pecado en el mundo, este pacto se ocupa mayormente de traer salvación. Mientras los sacrificios del Antiguo Testamento solo cubrían («expiaban») el pecado sin quitarlo (He. 9:11-15, 24-28; 10:4-14), la sangre de Cristo quita el pecado y libera a los hombres de la pena y del poder del mismo. Solo ella posibilita que un pueblo pecador tenga comunión con un Dios santo. Aunque originalmente Israel y Judá eran los sujetos del nuevo pacto (Jer. 31:31-34), hoy se aplica primariamente a los gentiles (2 Co. 3:1-18; He. 8:8-13), pero en el futuro, debido a las promesas dadas a Abraham y a sus descendientes, Israel devendrá el foco del nuevo pacto (Dn. 9:24; Ro. 11:25-27).
Así como hay muchos grandes sistemas religiosos e ideas en la sociedad moderna, así sucedía en los días del Imperio Romano. Cristo, los apóstoles y la iglesia primitiva confrontaron una amplia gama de religiones y filosofías. El panteón grecorromano, en franca decadencia por la inmoralidad de sus deidades, asimilaba dioses de la cultura y religión griega, donde Venus equivalía a Afrodita, Marte a Ares, Diana a Artemisa y Júpiter a Zeus. En Hechos 14, Pablo y Bernabé fueron identificados como Mercurio y Júpiter, mientras que Hechos 19 registra los tumultos de los seguidores de la diosa Diana.
Al mismo tiempo, el culto al Emperador, donde tiranos como Nerón exigían deificación, desató la persecución contra los cristianos que rechazaban adorarles. Proliferaban además las «religiones de misterio», ritos orientados a la experiencia que prometían unión con la deidad mediante ritos secretos, lavamientos, rociamiento con sangre, medios sacramentales y embriaguez para garantizar la inmortalidad. Y el gnosticismo —de gnosis, conocimiento— basándose en el dualismo platónico, enseñaba que la materia era mala y el espíritu bueno, y que emanaciones inferiores o «aeones» crearon el mundo. Esto condujo al ascetismo o represión del cuerpo, y también al libertinaje que gratificaba los apetitos materiales, que de acuerdo a muchos académicos fueron refutados en Colosenses y 1 Juan.
Filosofías como el epicureísmo, estoicismo, cínicos y escépticos estaban presentes, aunque no determinaban la vida de mucha gente, pues las masas se caracterizaban por la superstición y el sincretismo. Sin embargo, estas corrientes fracasaron porque no comprendían la verdadera naturaleza del hombre (a imagen de Dios, pero caído), ni la naturaleza del Dios Creador, uno y único.
Las religiones y filosofías existentes en el Imperio Romano afectaron a la Iglesia al llevar el evangelio de Jesucristo al Imperio, pero la vida de Cristo y los primeros años de la Iglesia fueron más afectados por el ambiente religioso y político de Israel. Probablemente los “hasideos” o “piadosos” (movimiento conocido por su resistencia al helenismo y por querer liberar a Israel de las influencias paganas) fueron el fundamento de la secta de los fariseos. Los fariseos enseñaban de forma detallada una estricta separación de los gentiles: prohibían transacciones tres días antes de fiestas paganas, prohibían edificar juzgados gentiles o usar leche ordeñada por gentiles. Si un gentil los visitaba, no podía quedarse solo en la estancia para evitar impureza, y los utensilios de cocina debían ser purificados con fuego o agua.
Desarrollaron tradiciones que se convirtieron en una terrible carga, poniéndolas por encima de la ley de Moisés. Su soberbia, justicia propia y violación del espíritu de la ley provocaron la condena de Jesús, pero se cree que su celo por las Escrituras fue lo que mantuvo viva la esperanza mesiánica en los tiempos del gobierno romano. Según sus gobernantes, con unos seis mil miembros, tenían el apoyo popular y eran una amenaza para la estabilidad de la tierra.
El Nuevo Testamento responde a las preguntas más significativas que las personas hayan hecho jamás: ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Hay esperanza? ¿Cómo es Dios? ¿Puedo ser liberado de la culpa del pecado? ¿Soy amado? Jesucristo, la Palabra de Dios, es la profunda respuesta.
El texto previo es un extracto y adaptación del contenido del Panorama del Nuevo Testamento escrito por Paul N. Benware. Para obtener más información y descargar páginas de muestra, pulsa aquí.
