Su plan no depende de nuestro «sí».

Por John MacArthur (†)

El Antiguo Testamento presenta constantemente a Israel como la nación escogida de Dios. El Señor puso su amor sobre los descendientes de Abraham y les dio una prominencia especial, promesas de pacto y un futuro distintivo. Sin embargo, esto no era así para que la compasión y la atención de Dios solo se extendieran a Israel. Israel debía ser una luz de esperanza para las naciones, de manera que gente de toda tribu y lengua pudiera conocer la verdad salvadora del Señor. 
 
Dios levantó a Israel como reino de sacerdotes para las naciones a fin de manifestar su gloria al mundo. Como Dios tiene cuidado de todas las naciones, desde el principio planeó que Israel fuera una nación que manifestara su majestad a todos los rincones de la tierra.  
 
El libro de Jonás anticipa la gran comisión y manifiesta la gran misericordia de Dios hacia las naciones.

El Señor incluso seleccionó a individuos para dirigirse directamente a las naciones gentiles. Por ejemplo, el Señor mandó a Abraham profetizar a sus vecinos paganos; Moisés proclamó las verdades divinas a los egipcios; Elías reprendió a la princesa fenicia, Jezabel; Eliseo dio instrucciones divinas al leproso sirio, Naamán; y Daniel trabajó como misionero y estadista en Babilonia y Medopersia. Isaías habló de Babilonia, Asiria, Filistea, Moab, Damasco, Etiopía, Egipto, Duma, Arabia y Tiro. Jeremías escribió profecías sobre Egipto, Filistea, Moab, Amón, Edom, Damasco, Cedar, Hazor, Elam y Babilonia. Ezequiel predicó de Amón, Moab, Edom, Filistea, Tiro, Sidón y Egipto. En todo el Antiguo Testamento se ilustra repetidamente que Dios escogió a Israel como mensajero de su verdad a todas las naciones porque Él es Señor de toda la humanidad. 
 
La gran comisión de Mateo 28 no fue la primera vez que Dios dio el mandato de ir y predicar el arrepentimiento fuera de las fronteras de Israel. «Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí». El libro de Jonás anticipa la gran comisión y manifiesta la gran misericordia de Jehová hacia las naciones.  
 
Si bien el corazón de Dios es claro en este asunto, Jonás, en su insensibilidad, se negó a reflejar ese amor a los que estaban fuera de Israel. Jonás aborrecía la idea de que Dios pudiera mostrar compasión a una ciudad tan malvada como Nínive. «Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Este profeta desobediente prefirió ver a los enemigos de Dios perecer y desapareció sin permiso para ausentarse; en esto, manifestó un corazón testarudamente contrario al deseo de Dios de salvar a las naciones.  
 
Nínive era la capital de Asiria, una de las grandes potencias mundiales y uno de los enemigos acérrimos de Israel. Por causa de su tamaño, infraestructura, riqueza y poderío político, era uno de los centros metropolitanos más formidables de todo el antiguo Cercano Oriente. La depravación de Nínive era desenfrenada y repugnante. Por esta razón, el mensaje de gracia divina que Jonás proclamó comenzó con la verdad de la ira divina que está reservada para los pecadores por causa de su maldad. 
 
Jonás, en su desobediencia, manifestó tanto resistencia como autoengaño al intentar huir de la presencia de Jehová. Aunque el profeta comprendía esta verdad teológica, la negó en la práctica con la esperanza de que la distancia geográfica fuera suficiente para frustrar los planes de Dios. Esta escapada alocada de Jonás fue tan insensata como inútil. Sin importar cuán lejos tratara Jonás de descender, nunca podría salir del alcance de Dios. Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. El viento y la tormenta subsecuentes no fueron el resultado de patrones climáticos predecibles, sino más bien el efecto directo de la intervención de Dios. El Señor utilizó la tormenta tanto para disciplinar a Jonás como para atraer a los marineros a sí mismo. Con poder y precisión, el Señor movió cielo y mar para ejercer juicio con absoluta precisión sobre una nave solitaria que transportaba a un fugitivo testarudo. 
 
Ante la crisis, los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Los marineros tomaron medidas drásticas para aligerar la nave y, como resultado, sufrieron pérdidas económicas inmensas. Mientras tanto, Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir. Mientras que los marineros, en su terror, clamaron a dioses falsos, Jonás ignoró deliberadamente al Dios verdadero. Esta indiferencia arrogante del profeta ilustra la justicia propia y la falta de arrepentimiento de Israel durante la historia de la nación. Jonás demostró una audacia aún más grande al acostarse, silenciar confiadamente su conciencia y tener la tranquilidad como para echarse a dormir. 
 
Finalmente, el patrón de la nave se le acercó y le dijo: «¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos». El patrón estaba desconcertado ante la gran apatía de Jonás en aquellas circunstancias tan nefastas. En un giro extraño, este fue un llamado de parte de un pagano a un arrepentimiento verdadero: un llamado a que Jonás se apartara de su rebeldía contra Dios. Dios puso sus palabras en la boca del patrón para llamar a su testarudo profeta a volverse a Él para cumplir lo que Él le había mandado hacer. De este modo, el Señor se estaba presentando a sí mismo a este hombre y a los demás miembros de la tripulación y estaba utilizando la tempestad para abrir los ojos de ellos al Dios verdadero. 
 
La compasión misericordiosa del Señor hacia las naciones se manifestó, en contraste con el endurecido prejuicio y orgullo de un petulante profeta que se suponía debía más bien representar a Dios. La dureza y desobediencia de Jonás no fueron la última palabra respecto al corazón de Jehová por las naciones. El Dios que atrajo a los marineros a sí mismo en el libro de Jonás es el mismo que sigue atrayendo a sí mismo a pecadores de toda nación, tribu y lengua. La misión de misericordia de Jehová refleja su carácter salvador y apunta a la Persona y a la obra de la Palabra (el Verbo encarnado).
 
El texto previo es un extracto y adaptación del contenido de Comentario MacArthur del Antiguo Testamento: Jonás y Nahúm,  escrito porJohn MacArthur.Para obtener más información y descargar páginas de muestra, pulsa aquí.