Un llamado de amor con repercusiones eternas

Por Jim y Elizabeth George

La pareja que ora unida, unida se queda. Orar juntos es una experiencia espiritual que se comparte; es un lazo fuerte que une a dos corazones y dos almas. Por esta razón, es fundamental recordar que siempre pueden creer en la Palabra de Dios, contar con su ayuda y confiar en sus promesas

El fundamento de nuestra seguridad reside en que toda promesa divina se construye sobre cuatro pilares: la santidad de Dios, que no le permitirá engañar; Su bondad, que no le permitirá olvidar; Su verdad, que no le permitirá cambiar; y Su poder, que lo hace capaz de cumplirla.

Esto es de suma importancia ya que el poder de una promesa depende de quién la hace. En las Escrituras encontramos el respaldo de esta verdad, pues Dios es descrito como el Dios que no miente (Tito 1:2).

Como bien señaló Salomón al pueblo de Israel en 1 Reyes 8:56: «Ninguna palabra de todas sus promesas (…) ha faltado». 

Dios siempre cumplió sus promesas a Israel, y Dios, en su constancia, siempre cumplirá sus promesas a nosotros.

Una de las mayores bendiciones es la promesa de la oración respondida. Escucha a Jesús mismo ofrecer la siguiente promesa en Mateo 7:7-8: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». ¡Dios sí responde nuestras oraciones! De hecho, Él promete respondernos cuando oremos. Sin embargo, para disfrutar de esta promesa, debemos recordar que nuestras solicitudes deben ser con fe (Mt. 21:22), sin motivos egoístas (Stg. 4:3) y según la voluntad de Dios (1 Jn. 5:14-15).

A pesar de estas promesas, a menudo enfrentamos obstáculos que impiden nuestra comunicación con el Padre. En ocasiones, permitimos que el pecado levante una barrera entre nosotros y un Dios que nos cuida. Como expresa el Salmo 66:18: «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado».

En otras ocasiones nos falta fe. Tal vez la valoración de Santiago sea cierta: «no tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Stg. 4:2). Y también, estamos ocupados: creemos que estamos demasiado ocupados para dejar lo que estamos haciendo en pos de realizar algún trabajo de Dios.

Para superar estas barreras, el llamado para cada cónyuge es directo. Al esposo se le exhorta, como líder espiritual en tu matrimonio (¡no tienes opción!): tienes que estar dispuesto a… ¡hacer lo que sea necesario para beneficiar tu relación con tu esposa! Tienes que buscar el poder y la fuerza de Dios para ti mismo, para que te haga capaz de cumplir con tu papel de esposo piadoso y líder. A la amada esposa se le anima diciendo: ¡Ora, no esperes! ¡La oración hace que Dios se vuelva… y mueva el corazón y la vida de tu esposo!

Para ambos, la recomendación práctica es: propónganse, haciendo de ello una práctica, ir ante el Señor y orar juntos como pareja. No tiene que ser algo exquisito, formal o tomarle más de unos pocos minutos; háganlo de manera tan sencilla y natural como puedan. Al embarcarnos en esta disciplina, nos sentiremos placenteramente complacidos al ver nuestros corazones y matrimonio milagrosamente transformados por la Palabra de Dios.

Recordemos que Dios desea lo mejor para nosotros como pareja. Él nos da promesas poderosas de perdón cuando fallamos, esperanza para el futuro, propósito para nuestra vida, fortaleza en los momentos difíciles y sabiduría para tomar decisiones. En conclusión, las promesas son nuestras. ¿Estamos dispuestos a ponerlas en acción en nuestra vida, en nuestro matrimonio? Si lo hacemos, podremos experimentar el gozo mutuo que experimentaremos al presenciar las respuestas de Dios a nuestras oraciones… ¡juntos!

El texto previo es un extracto y adaptación del contenido dePromesas poderosas para toda pareja,escrito por Jim y Elizabeth George. Para obtener más información y descargar páginas de muestra pulsa aquí.