Por David A. Harrell

Como todo pastor, mi oración es poder decir al final con el apóstol Pablo: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe» (2 Ti. 4:7). Tal como en cada período de la historia de la redención desde el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés, ha habido preocupantes dispensaciones de transigencia que han azotado al cuerpo de Cristo. Si bien los pormenores pueden variar, en cada situación el auge y la caída de la fidelidad en la Iglesia ha dependido de los pastores, hombres a los que Dios ha comisionado para que hablen por Él y pastoreen su rebaño. Cuando ellos han fallado, la Iglesia ha seguido su ejemplo. Pero cuando han permanecido firmes en la fe, ha florecido, no solo sobreviviendo en medio de gran oposición, sino también creciendo a causa de ello.

Ahora vivimos en una era posmoderna que representa muchas amenazas únicas a la iglesia evangélica. El evangelicalismo —en otro tiempo definido por su compromiso con las doctrinas y prácticas de la Reforma protestante— ahora ha devenido en un movimiento espiritual amorfo, cuya única conexión con la fe cristiana histórica es lo que está escrito en la declaración doctrinal de las iglesias individuales: un documento que la mayoría de los miembros nunca han leído ni podrían explicar.

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En lugar de reinventar la Iglesia para hacerla relevante, debemos recuperar la esencia de la Iglesia del Nuevo Testamento.

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Hoy se está obligando al cristianismo a adoptar la experiencia por sobre la verdad. De hecho, los conceptos de verdad absoluta o moral ahora son rechazados en nuestra cultura posmoderna con su predominante actitud de escepticismo, subjetivismo y relativismo. Vivimos en un mundo donde todos los puntos de vista, sin importar qué tan absurdos o contradictorios sean, deben ser considerados igualmente válidos.

Lamentablemente, la mayoría de los evangélicos creen que el medio más eficaz de alcanzar este mundo posmoderno para Cristo es que la Iglesia se vuelva más atractiva y relevante para la cultura. Debe reinventarse, acomodar su mensaje evangélico, ser menos dogmática, más terapéutica, tolerante y entretenida. Otros sostienen que tal postura es totalmente ajena a las Escrituras y, por tanto, atenúa el poder y la bendición de Dios.

Sostengo que, aunque resulta horriblemente ofensivo para la cultura, a Dios le interesa solo una cosa: su gloria, la cual se revela con suma claridad en la persona y obra de su amado Hijo, el Señor Jesucristo, quien murió vicariamente para salvar a los pecadores. Por este motivo, su Iglesia debe enfocarse de forma exclusiva en el evangelio y en su promesa de salvar a todos los que se vuelven del pecado y confían en Cristo como Salvador y Señor.

En lugar de reinventar la Iglesia para hacerla relevante, debemos recuperar la esencia de la Iglesia del Nuevo Testamento, cuya autenticidad espiritual se puede apreciar con la mayor claridad en la iglesia protestante de la Reforma.

Lo que necesitamos es un celo por la gloria de Dios; un celo que solo pueda provenir de una visión de la majestad de Dios que cautive el alma y destruya el pecado. Esto se traduce en una obsesión que domina la vida por la gloria intrínseca de Dios; verlo como Él se ha revelado en la creación y en las Escrituras, y llamar a todos a adorar al Rey Jesús, a quien se le ha otorgado toda autoridad sobre el cielo y la tierra (Mt. 28:17-20) y se le ha concedido «un dominio eterno que nunca pasará» (Dn. 7:14). Debe consumir nuestra alma una fascinación por el carácter de Dios manifestado en sus obras, su Palabra y su pueblo.

¿Cuál era la filosofía del ministerio de Pablo que desató el poder de Dios en su testimonio del evangelio y lo hizo tan increíblemente exitoso en la plantación de iglesias? Esta es la clase de preguntas que el propio Pablo respondió en Colosenses 1:24-29, del cual surgen siete principios clave para el ministerio pastoral: consumido por la gloria de Dios, contento con su sufrimiento, convencido de su llamado, controlado por un solo mensaje, confiado en un solo método, comprometido con un solo fin, confirmado por un solo poder.

«Ahora me alegro de mis sufrimientos por ustedes, y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por Su cuerpo, que es la iglesia. De esta iglesia fui hecho ministro conforme a la administración de Dios que me fue dada para beneficio de ustedes, a fin de llevar a cabo la predicación de la palabra de Dios... A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo. Con este fin también trabajo, esforzándome según Su poder que obra poderosamente en mí».

La preocupación por la insondable gloria y grandeza de Dios no es una sugerencia; ¡es un mandato! Hablando por medio de su salmista inspirado, Dios exhorta a toda su creación diciendo: «Tema al SEÑOR toda la tierra; tiemblen en Su presencia todos los habitantes del mundo» (Sal. 33:8). Este tipo de mirada pone todas las cosas de la vida, buenas y malas, en su adecuada perspectiva. Nada en la vida se compara con las incomprensibles perfecciones de nuestro Creador y Redentor, cuya gloria un día compartiremos.

El texto previo es un extracto y adaptación del contenido de Siete principios clave para un ministerio eficaz, escrito por David A. Harrell. Para obtener más información y descargar páginas de muestra, pulsa aquí.