La rendición es el camino hacia una vida libre.
Por Shanon Popkin.
Mi interés en las mujeres controladoras de la Biblia comenzó con Eva. Estaba pintando el lavadero mientras escuchaba un sermón de John Piper sobre la maldición de Génesis 3 y cómo el «deseo de Eva de enseñorearse de su esposo» en realidad era un deseo de controlar. Con el pincel en la mano, se me ocurrió que sobre mí también, una hija de Eva, recae la maldición del deseo de controlar. Más tarde, me puse a investigar con curiosidad en las Escrituras para buscar otras hijas de Eva que tuvieran problemas de control. Resulta que es difícil encontrar mujeres de la Biblia que no fueran mujeres controladoras.
Mientras investigaba, descubrí que Eva, Sara, Agar, Rebeca, Lea, Raquel y Miriam luchaban con la necesidad de tomar el control al igual que yo. Estas mujeres optaron por resolver sus propios problemas, trataron de hacer que todo saliera bien e hicieron a todos desdichados en el proceso. Algunas de las escenas más famosas de la Biblia están basadas en mujeres controladoras que estaban tratando de defender sus propias preferencias. La Biblia, como recordarás, es la historia de Dios y su pueblo. Sin embargo, estas mujeres creyeron que ellas eran el centro de la historia. ¡Qué osadía! ¿Verdad? No obstante, este es mi problema también.
Jesús nos invita a seguirlo en el camino de la rendición, a un lugar donde Dios tiene el control y podemos ser libres.
He leído la Biblia. Conozco la historia del diluvio, la esposa de Lot que se convirtió en estatua de sal y la división del Mar Rojo. Si señalaras una historia de la Biblia y dijeras: «¿Ves? Dios tiene el control», asentiría con la cabeza. Sí, lo creo. Totalmente. Entonces, ¿qué hago cuando mi hijo adolescente comienza a salir con alguien que no cuenta con mi aprobación? ¿O cuando mi compañera de trabajo está ocultando información y tomando decisiones sin tenerme en cuenta? ¿O cuando mi esposo no hace caso de mi preocupación sobre el olor a humedad en el sótano? Con la mirada puesta en el futuro y en lo que puede redundar todo eso, de repente me transformo en… una mujer controladora. Empiezo a hablar con voz más fuerte y firme. Me vuelvo manipuladora y directa. Voy al frente con mayor firmeza y determinación, convencida de que depende de mí que las cosas estén en orden. En estos casos, mi comportamiento necesariamente plantea la pregunta: ¿Realmente creo que Dios tiene el control? ¿O, en mi interior, creo que yo lo tengo?
Me apropio de la historia que Dios está escribiendo, ignoro sus propósitos superiores y creo que la historia solo se trata de mí y mi final feliz. En realidad controlo, porque me preocupo mucho. Si bien puede parecer que estoy obsesionada con lo superficial, mi corazón se proyecta hacia algo mucho más profundo. Cuando tomo el control, solo trato de quitar los obstáculos y despejar el camino hacia mi final feliz. Sin embargo, esto es lo irónico. Aunque me he apresurado a controlar cientos de comportamientos y situaciones, nunca he podido salvaguardar mi vida del dolor. Y al tomar el control, en realidad he provocado angustia a las personas que amo, en lugar de evitar que sufran. Al tratar de controlar todo, he generado conflictos y desdicha en la vida de todos, incluso en mi propia vida. Sin querer, he saboteado mi propio final feliz.
Allá en Génesis 3, después que la primera mujer, Eva, perdió la primera batalla por el control, Dios la expuso públicamente. Le dijo que sobre ella recaería la maldición de un deseo insaciable de tomar el control: forzar las cosas que le parezcan buenas y correctas en la vida de sus seres queridos. No solo desearía tener el control, sino que estaría convencida de que debería tenerlo. Eva y todas sus hijas serían mujeres controladoras. ¿Cuántas veces he experimentado la maldición de Eva, creyendo que era bueno y correcto tomar el control? ¡En qué versión tan desagradable y fea de mí misma me convierto cuando trato de tomar el control en mis propias manos! No obstante, a veces las manos de Dios parecen estar muy lejos. Su trono parece estar muy arriba de donde yo estoy reinando… ¿Realmente puedo confiar que Dios se ocupará de mi final feliz? ¿Acaso le importan las cosas que a mí me preocupan?
Desde luego que le importan. En su bondad, Dios me hace ver que no tengo el control y me invita personalmente a confiar en Él, el final de la historia y todo lo que ocurra en el medio. Proverbios 3:5-6 me señala en la dirección opuesta al camino de mi mujer controladora. En lugar de permitir que me apresure a tomar el control basada en mi limitada perspectiva, Dios me invita a levantar la vista, rendirme a Él y disfrutar de la realidad de que Él tiene el control, no yo.
Las mujeres controladoras de la Biblia encontraron la seguridad, la paz y la alegría que anhelaban solo cuando hicieron lo opuesto a tomar el control: cuando se rindieron a Dios e hicieron de Él el centro de su historia. Dios nos diseñó para vivir dócilmente rendidos a Él, con fe en Él cada vez que algo parece amenazar nuestra felicidad futura. A quienes amamos a Dios, nos aguarda un final feliz grandioso. Y si el final de la historia es seguro, podemos volver a cualquier circunstancia inquietante del presente y soltar la carga de querer tomar el control. La rendición a Dios es lo que nos protege de una vida miserable y aterradora. En lugar de apresurarnos a tomar el control, Jesús nos invita a confesar lo mismo que Él: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). Jesús nos invita a seguirlo en el camino de la rendición a un lugar donde Dios tiene el control y podemos ser libres.
El texto previo es un extracto y adaptación de «No seas una mujer controladora» por Shanon Popkin. Para obtener más información y descargar páginas de muestra, pulsa aquí.
