Si tienes dos cromosomas X, puedes ser madre. Sujetamos el pequeño cuerpo de nuestro bebé y nos preguntamos si debería ser legal conceder a alguien con tan poca experiencia la magna tarea de criar a otra persona desde su nacimiento hasta la edad adulta. La gente estudia durante años para llegar a ser higienista dental; y, sin embargo, está bien que se nos otorgue plena responsabilidad de un ser humano de carne y hueso sin ningún tipo de lecturas obligatorias, certificación, título o curso intensivo.
Y ahí radica el misterio de ser madre: se espera que simplemente «sepamos qué hacer», que «nos dejemos llevar por nuestros instintos». Sin embargo, creo firmemente que la Biblia nos ha dado principios claros a seguir en nuestra vida, que pueden hacer que la tarea descomunal de una madre sea mucho menos intimidante y solitaria.
Si Eva, Rut, Raquel, Elisabet, María y millones de mujeres más fueron capaces de salir adelante por la gracia de Dios en la complicada tarea de ser madres, nosotras también podemos.
No obstante, debemos estar dispuestas a prestar atención a las palabras de Proverbios 4:6-7: «No la dejes, y ella te guardará; ámala, y te conservará. Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia». Puede que el mundo no exija oficialmente un título para ser madre, pero cuando desempeñamos esta función con la misma diligencia con que lo haríamos en cualquier otra profesión en la que nos queremos destacar, aumentamos exponencialmente la probabilidad de que no solo sobrevivamos, sino que también prosperemos en un hogar donde reine la paz y no el caos.
Tengo la sensación de que la frase «madres mediocres» —tan popularizada y aceptada entre las mamás—, tendrá un efecto polarizador. El diccionario describe como «mediocre» a alguien o algo «de calidad, valor, habilidad o desempeño bajo o moderado: ordinario, regular». No es un estado al que un ser humano quiera aspirar, y, sin embargo, es un estado hacia el que puedo deslizarme con demasiada facilidad y hacia el que parece gravitar nuestra actual cultura maternal.
Es sencillo encontrar cuentas en las redes sociales que glorifican y dan glamour a la insolencia, la desesperanza o la abdicación de la responsabilidad de ser madres. Memes que reflejan desilusión o que validan el conformismo, el abandono o las actitudes de rabia e impaciencia hacia nuestros hijos.
Pero nosotras no tenemos que ser esclavas de la cultura de las madres mediocres que dicen: «Hoy fui un desastre como madre. ¿Tú también?». No tenemos que encontrar nuestra identidad en chocar los puños en solidaridad con otras madres igual de agotadas. Chocar los puños es genial y el agotamiento es real. Y no hay nada de malo en reconocer que la maternidad es difícil y debemos buscar aliento. Pero cuando nuestro objetivo es nuestra validación en lugar de Cristo, al final nos hundimos en el fango del egocentrismo y, con demasiada frecuencia, de la autocompasión.
Gracias a Dios tenemos la Santa Palabra, la Biblia, para combatir este tipo de razonamientos. El mismo Pablo señala: «Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago» (Rom. 7:18-19). Nadie reconoce que la verdadera raíz del problema son nuestras propias tendencias pecaminosas como madres. ¿El verdadero culpable? Nuestra incapacidad de ser otra cosa que mediocres sin Cristo. La única manera de lograr un cambio real —el que produce alegría y satisfacción duraderas— es buscar lo que Romanos 8:29 llama conformarnos a la imagen de Cristo.
Es posible ser una madre excelente en Cristo a través de una infinidad de caminos bíblicamente sólidos. Es una noticia liberadora. No tenemos que ser esclavas de la cultura de las madres mediocres que dicen: «Hoy fui un desastre como madre. ¿Tú también?».
Jesús nos extiende la mano para ayudarnos a ser madres excelentes y libres, al darnos la capacidad de intentar serlo a través de las fortalezas (y las debilidades) únicas con las que nos ha bendecido.
La enseñanza bíblica sobre las madres nos anima a mirar fuera de nosotras mismas y prestar atención a nuestros hijos, nuestros hogares, nuestros maridos, nuestras amigas y nuestras comunidades en general, y encontrar maneras de superar la mediocridad y levantarnos el ánimo las unas a las otras en la búsqueda mutua (y, sin embargo, gloriosamente variada) de la rectitud.
____________
El texto previo es un extracto y adaptación del contenido de M de Mamá, escrito por Abbie Halberstadt. Para obtener más información y descargar páginas de muestra pulsa aquí.
