Descubre quién eres sin compararte con nadie.
Por Shannon Popkin y Lee Nienhuis
Bienvenida a este mundo obsesionado con las comparaciones. La comparación es una lucha muy fuerte para muchas mujeres hasta bien entrada la edad adulta, y las semillas se plantan a edades cada vez más jóvenes. Esas semillas germinan en la adolescencia, transformando la vida alegre en difícil, de estar contenta a sentirse fastidiosamente insuficiente. Por lo tanto, la comparación forma parte de la vida y nos muestra una dimensión completamente nueva.
«¿Qué tal si pudiéramos caminar en una vida de libertad para ser tal como Dios nos creó?»
Un día en la vida de una chica muestra este agotador proceso. Cuando suena el despertador a las 6:15 a.m., se levanta y se mira en el espejo. Compara su piel y su cabello con las fotos de Instagram que vio antes de acostarse. Considera que le va a costar mucho mejorar su apariencia y estar lejos de parecerse a las influencers. Mientras se viste intenta darse ánimo frente al espejo repitiéndose que se ve muy bien, pero al bajar a desayunar observa su cereal favorito y piensa que no come muy saludable. Al caminar hacia la parada del autobús desea tener un auto, pues cree que no tiene nada de genial ir en autobús a los dieciséis años. A continuación, al cruzar las puertas de la escuela se siente insegura por su ropa, deseando vestir prendas que luzcan genial. Aunque saca un «sobresaliente» en su examen, nota que otros también lo obtuvieron y piensa que debió de ser un examen fácil. Al salir al pasillo observa a los grupos de chicos: deportistas, chicas del grupo juvenil, chicos de teatro, friquis o drogadictos, preguntándose a qué grupo pertenece realmente. En el almuerzo se pregunta si debería haber preparado su comida o si sus cicatrices de acné resaltan en las fotos de los teléfonos de sus amigas.
Este tipo de comparación es agotador y aún no es mediodía. Desde nuestra más tierna infancia, la mayoría nos pasamos el día intentando ser una persona sin ningún defecto. Cuando nos sentimos disminuidas o expuestas, nos cubrimos y escondemos. Además, si finalmente damos la talla, nos perdemos en el perfeccionismo, la independencia y el orgullo. O tal vez renunciamos a la esperanza de encajar y nos juntamos con las chicas «raras a propósito», las que están tan hartas de no dar la talla que deciden no molestarse en encajar. Todas estas respuestas nos alejan de la libertad y la alegría. Nos llevan a temer lo que puedan pensar o decir los demás, intentando demostrar cuánto valemos mientras tememos que alguien pueda descubrir que somos una farsa. No es forma de vivir. Hay mil formas de dar la talla, pero ninguna de ellas nos hace sentir plenas.
La comparación es tan natural como darte cuenta de que tus zapatos son más grandes o de que has sacado un «sobresaliente» cuando otra persona ha sacado un «suficiente». La palabra comparación es neutra. Significa pensar o considerar en qué se parecen y en qué se diferencian las cosas. Cuando comparamos, relacionamos una cosa con otra y medimos todo tipo de cosas, desde las que podemos ver hasta las que no. Lo hacemos con objetos físicos, lugares y personas hasta llegar a las preferencias, sentimientos y personalidades. Asimismo, tomamos una decisión: determinamos si algo es parecido o diferente, si dos cosas concuerdan o no y les asignamos un valor sobre la base de nuestra decisión.
La comparación es una trampa de la que no podemos escapar por nosotras mismas. Tratar de corregir nuestra inclinación a compararnos por nuestra cuenta se convierte en un círculo vicioso. Está en todas partes y nunca se acaba. Luchar y batallar por nuestra cuenta solo nos lleva a un problema peor.
Hay batallas que libramos que solo se pueden vencer con la ayuda de Dios. De hecho, el poder para dejar las comparaciones solo llega cuando dejamos de intentar hacerlo solas. Es el Espíritu de Cristo el que obra renovando nuestra mente y nuestros procesos de pensamiento. El poder que transforma nuestra vida solo existe en el contexto de una relación con Él. No hay escapatorias, atajos, trucos ni códigos.
En la Biblia, Juan 14:16 enseña: «Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Abogado Defensor, quien estará con ustedes para siempre». En la época de Jesús, las personas también estaban atrapadas en las comparaciones, pero Jesús les mostró la salida. Cuando se trata de cambiar nuestra mente y nuestra vida, la ayuda está cerca. Puedes hacer una oración: «Jesús: te pido que me ayudes. No puedo corregir esto yo sola. Enséñame tu camino y dame un corazón dispuesto a seguirlo. Amén». Jesús se acerca a nuestra necesidad y es entonces cuando aparece con su poder, donde la comparación no tiene ninguna oportunidad.
El texto previo es un extracto y adaptación de «¡No te compares! para chicas» por Shannon Popkin y Lee Nienhuis. Para obtener más información y descargar páginas de muestra, pulsa aquí.
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