Las implicaciones eternas de tu respuesta
Si hoy saliéramos a la calle a realizar la encuesta más grande de la historia, la pregunta obligada sería: «¿Qué opinas de Jesús?». Sin embargo, la fe cristiana no se sostiene sobre la suma de opiniones humanas ni sobre el consenso social, sino sobre una verdad más profunda: la verdad revelada de quién es Él. Por eso, más allá de lo que la gente piense o diga, lo que define nuestra fe es la misma pregunta que hizo Jesús a sus discípulos en un momento de intimidad: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15) .
Hoy, las respuestas suelen divididirse en dos: las que heredamos por tradición, familia o cultura, y aquellas que brotan de un encuentro real con Jesús a través de la fuente bíblica. ¿Cuál sería tu respuesta? Todos en algún momento de la vida debemos responder esa pregunta.
Y responder quién es Jesús no es un asunto menor pues acarrea serias consecuencias para nuestra vida y futuro.
Vivimos en una era saturada de figuras públicas e influencers cuyas opiniones influyen sobre grandes audiencias, dictando tendencias y normas de vida. Sin embargo, el seguidor de Cristo está llamado a mirar más alto. Conocer a Jesús no se limita a reconocer su existencia histórica, su infancia o algunos de sus mensajes de amor. Es algo mucho más profundo. Tiene que ver con meditar en Su deidad, Su evangelio, el propósito de Su crucifixión, muerte y resurrección, Su ascenso al Padre e incluso Su glorificación, así como Su llamado hoy día para con nosotros y Su Segunda Venida.
Nuestra respuesta a la pregunta «¿Quién es Jesús?» debe basarse en la verdad. La verdad que nos ha sido revelada. La verdad que ha pasado la prueba del tiempo y ha soportado el odio, la burla y toda la confusión de la humanidad, para seguir señalando una sola conclusión razonable: Jesús es incomparable. No hay nadie como Él. Solo Él es Dios encarnado. Solo Él murió por los pecados del mundo. Solo Él resucitó de los muertos para jamás volver a morir.
En un plano más personal, solo Jesús es poderoso para salvarnos de la sentencia de muerte que merecemos justamente. Solo Él es poderoso para santificarnos, transformarnos, hacernos santos ylibrarnos de nuestra culpa delante de Dios. Solo Él es poderoso para satisfacer nuestra alma sedienta, darnos descanso y fortalecernos cuando nos cansamos de luchar. Y solo Él, lejos de dejarnos batallando con nuestra incapacidad para agradar al Padre, vive eternamente para ayudarnos, para facultarnos, para defendernos de los ataques y las acusaciones que combaten contra nuestra alma, las cuales amenazan nuestras familias, frenan nuestro progreso y confunden nuestras decisiones. Jesús sigue ahí. Y Jesús es poderoso hasta hoy.
El Salmo 45:2 dice proféticamente que Jesús es «el más hermoso de los hijos de los hombres». ¿Conoces su hermosura?
Estamos invitados a redescubrir a Jesús como el incomparable, a realizar un recorrido que nos permita saber con precisión quién es Jesús conforme a lo que La Palabra dice que Él es.
Detengámonos a admirar la perfección de Jesús. Él no solo es bueno; Él es perfecto. Él no solo es suficiente; Él es todo. Él no solo es nuestro Salvador y Señor; Él es nuestro tesoro inestimable. En Él tenemos lo más bello que podemos tener en el mundo, la más deseable posesión que puede existir, la relación más maravillosa que un ser humano puede gozar jamás con alguien. Tener a Jesús es tener todo lo que necesitamos en el tiempo y en la eternidad.
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Este artículo es una adaptación de una pequeña fracción del contenido de Incomparable, escrito por Nancy deMoss Wolgemuth. Se trata de 50 lecturas acerca de la obra, las palabras, el impacto y la vida del Señor Jesús, que demandarán una respuesta devocional de tu parte. Para saber más y descargar algunas páginas de muestra, pulsa aquí.
