En la actualidad nadie puede negar que uno de los mayores ataques que sufre la iglesia cristiana del siglo XXI está fundamentado bajo los criterios de inclusión, pluralismo y tolerancia, esgrimidos por la corriente de pensamiento posmodernista que lentamente se ha infiltrado en la iglesia.

Las iglesias planifican sus cultos de adoración conforme a lo que apetezcan quienes todavía no «pertenecen» a una iglesia local.

A los predicadores les aterra que la ofensa del evangelio pueda poner a alguien en su contra, así que omiten de forma deliberada aquellas partes del mensaje que puedan resultar desagradables al mundo. Pero la búsqueda de la aprobación del mundo no es ni más ni menos que simple y llana prostitución espiritual.

El sistema de creencias del posmodernimo profesa una intolerancia absoluta hacia toda visión del mundo que plantee cualquier verdad universal, en particular el cristianismo bíblico. Ha perdido todo interés en «la verdad» e insiste en que no existen verdades absolutas, objetivas ni universales.

Ante este escenario, la exclusividad de Cristo como el único camino parece no ser relevante hoy. Sin embargo, la relevancia del evangelio siempre ha sido su exclusividad absoluta, la cual se resume en la verdad de que Cristo es el único que ha hecho expiación por el pecado y por lo tanto, solo Cristo puede suministrar reconciliación con Dios para aquellos que creen solo en Él.

La iglesia no debe olvidar que el punto central del sermón más conocido de Jesús fue declarar que el camino que lleva a la destrucción es ancho y muy recorrido, mientras que el camino a la vida es tan angosto que pocos lo encuentran (Mateo 7:14). Cristo es el único camino a Dios y cualquier intento de obscurecer ese hecho equivale a negar a Cristo y desautorizar el evangelio. La fe genuina en Cristo supone una negación implícita de todos los valores mundanos. La verdad bíblica contradice todas las religiones del mundo. El cristianismo mismo es por ende la antítesis misma de casi todo lo que el mundo admira.

Jesús dijo a sus discípulos: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece»(Juan 15:18-19).

¿Acaso alguien desea ser aborrecido? Seguramente no, pero la advertencia de Jesús es implacable: «¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas» (Lucas 6:26).

El mensaje bíblico frente al pensamiento posmoderno es claro. Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6). Esta afirmación es la antítesis al argumento central del posmodernismo. Es una afirmación de una verdad exclusiva y universal que declara a Cristo como el único camino al cielo, y todo lo demás como sistemas de creencias falsos y erróneos. Es lo que la iglesia verdadera ha proclamado a lo largo de su historia porque es lo que enseñan las Escrituras. Es el mensaje del cristianismo y no puede ser cambiado para acomodarse a la sensibilidad de los posmodernistas o a las ideologías de turno.

Si no recuperamos nuestra convicción de que Cristo es el único camino al cielo, el movimiento evangélico se debilitará y será cada vez más irrelevante. Necesitamos recuperar el carácter distintivo del evangelio, necesitamos restablecer nuestra confianza en el poder de la verdad de Dios y necesitamos proclamar con denuedo que Cristo es la única esperanza verdadera para todas las personas del mundo.

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El texto previo es un extracto y adaptación del contenido de ¿Por qué un único camino? escrito por John MacArthur. Para obtener más información y descargar páginas de muestra pulsa aquí.